viernes, 29 de abril de 2022

Aventuras de una mamá lectora, Adiós a las sombras, juegos, prisioneros y laberintos. Apología a Carlos Ruiz Zafón

Los recuerdos que uno entierra en el silencio son los que nunca dejan de perseguirle.

Carlos Ruiz Zafón


Mis queridos Anaquelianos en esta ocasión quiero invitarlos a hacer un pequeño homenaje a un amigo. Permítanme llevarlos por este viaje del cual han sido participes, desde hace tiempo ya, aunque yo lo había mantenido en secreto.


Corría el año 2021, en estos tiempos pareciera que sucedió hace muchos años, ¿verdad?

Por aquellos días hubo una pequeña controversia acerca de cuanta cantidad de helado era aceptable consumir por una pequeña de rizos alborotados mientras que su mamá reunía todas las tácticas de negociación que había recolectado a lo largo de su vida, para evitar una catástrofe azucarada de niveles descomunales. ¿Recuerdan?

Aquí les comparto un pequeño fragmento de esta aventura:


Valentina estaba sentada con su tazón de color rosa con dibujos de princesas en la mano; éste es el exclusivo para comer helado, no el de estrellas, ni el de la ratoncita con moños de lunares; las mamás que me leen saben a lo que me refiero y la crisis que se avecina cuando no está disponible dicho artilugio de cocina. Con su mirada fija y sin titubear me dice:


—Mamá me das más helado, por favor.


—No creo que tengas espacio en tu barriga después de todo lo que acabas de comer, ¿qué te parece si lo dejamos para más tarde?


—¿Qué no sabes mamá, que el helado al entrar en mi barriga se derretirá y entrara por todos los espacios vacíos que la comida dejó? Por lo tanto, no te preocupes, creo que si puedo comer más helado.

¿Cómo puedes rebatir a esa lógica innegable?



Quien estuvo a mi lado para ayudarme a salir victoriosa de esa situación, fue mi querido Carlos Ruiz Zafón, que en las palabras de Daniel Sempere me susurró al oído:


“Una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo”





Y así, gracias a La Sombra del Viento, pude recordar que tengo en mis manos preciosos momentos que se escurren de mi vida más pronto de lo que yo desearía. Fue gracias a estas palabras por lo que dejé perder la negociación de esa jornada y me senté a comer helado en compañía de mi pequeña.

¿Qué mejor recuerdo se puede tener en la infancia que el comer helado en el castillo de cobijas con estrellas bajo la mesa?


Los días se convirtieron en meses, y en un abrir y cerrar de ojos llegó el 2022, cargado de sorpresas y crisis suficientes para mantenernos al borde de la silla comiéndonos las uñas.

Pero, para esta mamá lectora, esas situaciones a veces le pasan cual fantasma abandonado, sólo llegan a ser un pequeño desvarío en un mundo lleno de hadas y magia. Esa es la bendición que recibo por ver el mundo a través de los ojos de una niña.

Aunque no todo es color arcoíris; he sido torturada en más de una ocasión, y mi verdugo tiene la sonrisa más encantadora que haya encontrado yo en este mundo.

Permítanme revivir esos momentos tan difíciles de sobrellevar. 


Y es así mis queridos Anaquelianos, que mi muy adorada versión en miniatura ha estado haciendome pagar por todos los pecados cometidos desde hace ya varias vidas atrás. He visto ese programa de caricaturas tantas veces, que incluso puedo encontrar las incoherencias más insignificantes en una escena, que ni el mismo dibujante pudo percatarse de ellas cuando las creó. El aparato de televisión entra en automático a las caricaturas, ya no es necesario que utilicemos el control remoto. Él sabe que hacer. Ni la Inteligencia Artificial puede lograr dichas programaciones.


Nuevamente, el héroe sin capa fue Carlos Ruiz Zafón, ya que por la magia que corría entre las hojas de su hijo de tinta y papel El Juego del Ángel me hizo comprender:


“En mi mundo, las grandes esperanzas sólo vivían entre las páginas de un libro”


Fue gracias a David Martin que pude escapar a mi propio Andreas Corelli, ya que mi pequeña ángel de la tortura no mostraba clemencia en dejarme descansar de aquel programa de caricaturas; que si me permiten ser honesta, al día de hoy sigue estando en repetición continua en nuestra televisión.

Es cierto que en ocasiones el camino de la maternidad se vuelve muy encrespado, con situaciones que pueden sacarnos de nuestra zona de sosiego; se necesitan nervios de acero para soportar jornadas extenuantes de sonsonetes estridentes de los juguetes más ruidosos que se pueden fabricar. ¿Acaso hay algún convenio firmado entre la Asociación de la Niñez Ruidosa y los fabricantes de juguetes para torturar a los adultos? ¿O, los creadores de programas para pequeños quieren hacer sufrir a sus semejantes de lo mismo que ellos han sufrido ya?

Lo bueno es que siempre hay un libro a la mano para salvarnos de estas torturas inhumanas.


Después de esto, vino una situación emocionante para Valentina, pero a mi me recordó que aunque los días sean muy largos, los años son demasiado cortos.

Hace poco mi revoltosa niña perdió su primer diente,  ¿recuerdan mis queridos Anaquelianos?

Una breve reminiscencia de lo sucedido les comparto a continuación:


Valentina ha llegado a esa parte de la vida donde es necesario soltar para poder seguir adelante. Hoy ha sido su primer diente, pero todo lo que conlleva este acto es lo que me hace sentir mariposas en el estómago mientras escribo estas letras. ¿Sus amigos imaginarios comenzaran a despedirse? ¿Las muñecas encontraran un lugar permanente en un rincón, mientras nuevas distracciones ocupan sus días? ¿Ya no tendré más abrazos somnolientos por las mañanas? Mi niña ha crecido tan rápido…


En estos momentos ni Fermín Romero de Torres ha podido consolarme. No me malentiendan, no es que me encuentre triste, es la melancolía de soltar lo que más se ama la que me tiene “achicopalada”.


Como bien pueden adivinar, quien me llevó de la mano por este instante de nuestra vida tan importante para mi niña y para mí fue Carlos Ruiz Zafón con El Prisionero del Cielo, que en palabras de quien ustedes saben soy admiradora número uno, mi querido Fermín, me ayudó a encontrar la valentía necesaría diciendome:


“El destino no hace visitas a domicilio, hay que ir por él”


El ser madre es un acto desinteresado que se fragua desde el momento en que una decide buscar serlo. Ya que el aprender a soltar lo que más se ama va intrínseco en cada acto del día a día; porque la mejor madre es la que se vuelve menos necesaria al pasar el tiempo, es aquella que va desapareciendo lentamente entre los logros de sus hijos; aunque siempre este presente.


Cualquiera que aspire a conservar su sano juicio necesita de un lugar en el mundo en el que pueda y desee perderse. Ese lugar, el último refugio, es un pequeño anexo del alma al que, cuando el mundo naufraga en su absurda comedia, uno siempre puede correr a encerrarse y extraviar la llave.


Así es como he llegado a la parte final, mis queridos Anaquelianos, El Laberinto de los Espíritus. Con este libro pude concluir la historia de El Cementerio de los Libros Olvidados, llegué a comprender los recovecos que había en las historias de vida de Daniel Sempere, Julian Carax, David Martin, Fermín Romero de Torres, también conocer a quien me arrancó más de una lágrima, mi muy apreciada Alicia Gris, y tantos amigos míos que me acompañaron en noches plateadas, donde el dormir era una necedad; o en los momentos que jugaba a las escondidas con Valentina y me encerraba en un rinconcito con libro en mano para poder seguir leyendo, inclusive cuando la enfermedad tocó a mi puerta y vino a sacarme de mis ocupaciones diarias postrándome en la cama por días. Carlos Ruiz Zafón siempre estuvo allí para mí. Me dio la oportunidad de poder volar a España, me acogió en su mundo y me cobijó con sus letras. 

Me dio la astucia necesaria para negociar con Valentina, me ayudó a evadir la tortura diaria de los programas televisivos y me abrazó muy fuerte cuando el hada de los dientes vino a visitarnos cuando hubieron entrado las estrellas por la ventana.

Ahora que ha terminado el viaje hay un pequeño vacío en mi corazón. Por más que quería avanzar entre las páginas más deseaba que no se terminaran. No estaba preparada para decir adios aún.


Uno no se da cuenta del vacío en el que ha dejado pasar el tiempo hasta que vive de verdad.


Ha llegado de volver los libros a los anaqueles mis queridos Anaquelianos, dando gracias al escritor por todo el tiempo que pasó conviviendo con sus personajes, por darnos parte de su esencia en cada palabra que nos regaló a través de la voz de sus historias, por enseñarnos a soñar despiertos, por recordarnos la magia que posee un libro.


El mundo es simplemente un espejo de quienes lo formamos y no es ni más ni menos que lo que hacemos de él entre todos.


Gracias Carlos Ruiz Zafón por ser parte de mi vida y la de Valentina.

 Un abrazo hasta el cielo.


Erika C.









viernes, 15 de abril de 2022

Aventuras de una mamá lectora, desde Andrómeda con amor

 En cada niño se debería poner un cartel que dijera: 

Tratar con cuidado, contiene sueños.

Mirko Badiale

 



Mis queridos Anaquelianos gracias por permitirme compartir con ustedes mis aventuras lectoras, el escribir para ustedes es un privilegio que me ha sido gratamente concedido y por el cual nunca dejaré de sentirme agradecida.

Como bien saben ustedes las peripecias de mi camino por la maternidad de la mano de mi querida Valentina ha estado llena de tropiezos y aventuras inimaginables. Aun así nunca he compartido con ustedes uno de los roles que en mi vida me llena de orgullo y satisfacción. Soy tía de tres niños llenos de energía, carisma y con la cabeza llena de ideas traviesas que nos han metido en más de un aprieto en contadas ocasiones.

 

Hace nueve años, me encontraba sentada en la sala de espera de un hospital tan frío y hueco que hacía que la desesperanza saliera corriendo por la puerta principal; bueno, al menos así me hacen sentir los hospitales cada vez que entro en ellos, pero eso es tema para otro día. Volviendo a lo que me ocupa en esta ocasión, estaba yo esperando junto a mi mamá en una silla tan incómoda como la piedra que se mete en el zapato cuando caminas una larga distancia. De pronto  una voz carrasposa interrumpe la fría tranquilidad:


-       El bebe ha nacido... Pueden pasar a verlos.



Mis pasos se sentían frágiles, las manos me sudaban, estaba por conocer a quien sería un gran amor en mi vida, mi pequeño bodoque Jesús. En el momento que lo tuve en mis brazos mi corazón explotó en mil partículas, cada una llena de un sentimiento indescriptible para mí. Él fue quien me hizo tía. Él fue quien lleno mi vida de ilusiones. Él fue mi pequeño gran amor.

 

Y la roca, por su parte, no se da cuenta siquiera de nuestra existencia porque solo existimos un breve instante de su periodo vital. Para ella, nosotros somos como chispas de luz en la oscuridad.




 

Después de ese momento vinieron muchos instantes llenos de sonrisas, balbuceos y pañales cargados de materias extrañas que parecían tener vida propia. Mi labor como tía era la de llegar y hacer travesuras con este regalito de la vida y enseñarle todas las cosas que ahora no me puedo permitir hacerlo con mi hija por temor de crear un monstruo; esa es una de las bondades de ser tía, mas una contraindicación en ser mamá.




Hoy mientras escribo estas letras ese bodoque se ha convertido en un jovencito de mirada dulce y corazón gigante, que tiene una pasión creciente por las carreras de motocross. Cierto día absorta estaba en una realidad donde un virus había atacado a la población del cual no sabían nada y los científicos apresuradamente intentaban contenerlo, estudiarlo, para así poder combatirlo; no mis Anaquelianos no estaba viendo las noticias, estaba leyendo un libro llamado LA AMENAZA DE ANDROMEDA de Michael Crichton; cuando de pronto recibí una llamada con un interlocutor que extasiado me platicaba acerca de una carrera de 4x4 a la que había asistido el día anterior. Mientras lo escuchaba mi mente escapó de esas imágenes aterradoras de trajes  de conteción, estudios con resultados inconclusos y muertes incontenibles para poder alojarse en aquella memoria del primer abrazo que tuvimos tanto tiempo atrás, cuando yo lo sostenía en mis manos con miedo de dejarlo caer, pero prometiéndole que nunca lo dejaría solo si la vida me lo permitía. 

Burton sabía que todo estribaba en que a uno le acompañase la suerte, en que se hallara en el sitio preciso y haciendo el trabajo acertado cuando llegue el momento.

Cuando me topé con estas palabras en las hojas de este libro, que en si ya tiene una historia a parte que contar; ya que en el dorso aparece que en algún momento de la existencia su valor era de sólo 40 pesetas; las imágenes inundaron mis recuerdos, mientras escuchaba el relato de esa carrera tan emocionante, el tiempo paso sobre mí, dejándome un chico de mirada vivaracha como mi mejor compañero donde antes hubo un bebecito de cachetes rosados y llanto estruendoso. Entendí que estaba en el lugar adecuado en el momento correcto.

Eso es lo importante. Que comprendamos…




Anaquelianos me despido de ustedes con el corazón agradecido por permitirme ser testigo de la vida de un ser maravilloso entre las páginas de los libros que han marcado mi existir. Les deseo que se encuentren con un libro que los acompañe en los momentos más gloriosos de su vida y les abrace con las historias que marcan su camino por la vida, mientras tanto yo me dedicaré a comer un delicioso pastel de cumpleaños.

 

Erika C.