miércoles, 2 de septiembre de 2015

Relata la imagen. "Ser de aire" de María Jesús Fernández.

Buen día amigas y amigos, hace unas semanas lanzamos la propuesta: "Relata la Imagen" desde el grupo Anaquel Literario, y es ahora cuando empanzaremos a difundir todas aportaciones que hemos recibido, no sin antes agradecer infinitamente por la acogida que hemos tenido.

Os invitamos a leer las bases, la convocatoria sigue abierta:


Damos comienzo a "Relata la imagen" con un relato de la escritora María Jesús Fernández, os invitamos también a que visiten su blog donde podréis disfrutar de más relatos y poemas de la autora, además, hemos leído en una entrevista que está escribiendo una novela, la cual esperaremos con ansias, mientras tanto, aquí el enlace a su blog y su relato.


SER DE AIRE

Ahora lo veía claramente, todo aparecía ante mí sin que nadie pudiera percatarse de mi presencia. La hipocresía en sus rostros, aquellas caras que tantas veces había escudriñado a la luz del día o bajo una tenue iluminación artificial en una calle cualquiera, intentando hacerlas mías. Esa falsedad observada en más de una ocasión era real, era un síntoma claro de su profundo arraigo en prejuicios y temores. Sólo bajo esta no-apariencia pude aclarar lo que antes rondaba en mi mente como simple sospecha, que aquellas arrugas y gestos austeros y mediocres escondían bajo sus pliegues la mezquindad, el egoísmo, la mentira, la impotencia. ¿Todos mentían? Sin duda se engañaban a sí mismos, sobre todo en las ocasiones en las que rehuían afrontar los hechos tal y como eran o arriesgar parte de su bienestar social y personal.

Anduve gran parte de la noche, ese periodo de tiempo en el cual los sonidos adquirían gran magnitud desgarrando la tranquilidad, en el que el viento frío de la soledad surgía con fuerza meciendo los árboles para regalarnos una melodía suave que calmaba los espíritus haciendo desaparecer la angustia, que embriagaba los sentidos más allá de lo que merecíamos. Recorrí calles familiares, llenas de bares ahora cerrados, vacíos, sin vida, en los que el griterío ensordecedor de los que huían de sí mismos se había apagado como sus vidas cuando volvían a la realidad cotidiana, en los que tantos cuerpos desprovistos de ese rasgo sensible llamado amor propio miraban alrededor inconscientes de su torpeza, en los que una maraña informe de deseos se reunían creyendo compartir afinidades tan solo por una noche.

Me deslicé entre borrachos olvidados de ellos mismos, y de un mundo al que no querían o no podían pertenecer, que vagaban por la noche de los insomnes entre anhelos perdidos. La fuerza del viento me trajo el hediondo olor de la muerte absurda que construíamos para nosotros. Me alejé para retomar las calles de mi adorada vida terrenal, en las que perdí tantos días, tantas noches queriendo encontrar ni siquiera sé qué cosa, y esa búsqueda inútil por lo desconocido me empujó siempre adelante desde el instante en que deseché el pasado como algo mío.

Me quedé clavada en un pequeño portal oscuro que escondía una puerta robusta de madera, fácilmente franqueable para mí ahora. Esa oscuridad me era absolutamente familiar, no sólo porque ya no necesitaba la claridad para ver a mi alrededor sino por la infinidad de veces que había rebasado el umbral de la casa con una sonrisa en los labios, sintiéndome fuera de mí, orgullosa de poseer algo más que mi propio yo. Ese vanidoso pensamiento me había acompañado gran parte de los últimos años de mi vida, hasta el final de mis días, incluso me dio fuerzas para emprender la tarea de construir un retazo de felicidad entre mi posesión y yo. Nunca rechacé, sin embargo, la sensación, aunque siempre en el límite de convertirse en temor, de lo pasajero de las cosas, y más aún de las relaciones, como atraviesan un estadio de plenitud y van perdiendo armonía hasta agotar aquel primer encanto de oír una voz como en un susurro, lejana y cálida. Cerré los ojos y recordé, ahora sin sentimentalismo, los años que forjaron una unión que imaginé indestructible, porque todo fue producto de mi desbordada capacidad de fantasear. Incluí los planes de vacaciones, los años de convivencia y las largas conversaciones detrás de una cerveza en cualquier lugar, no importaba cual, en las tardes calurosas de verano, después de pasar todo el día en las nubes sin llegar a concentrarme en nada, tan solo en mi pequeño mundo, en mi frágil atadura con la hermosura, una diosa, y sólo podía ser así para mí, toda venerada.

En aquel momento, mientras me decidía a atravesar el umbral de mi casa, pensé que habría sido mejor no haber muerto, porque estando aún viva tendría la posibilidad de que una duda me reconciliara con mi amor adorado, aunque ahora que era capaz de observarlo todo, quería seguir ignorando la realidad como tantas veces lo había hecho antes.

Entré sin miedo y vagué alrededor de los muebles del salón, sin sentir emoción alguna, recorriendo con la vista la colocación, el orden, la limpieza; se diría que nadie vivía allí, y en cierto modo podría ser así, yo había dejado de existir en este mundo y probablemente en su mente; ella en este hogar al que juntas dimos forma.

       Me senté en el sofá bajo el peso consolador de la oscuridad y contemplé las estanterías llenas de mis libros, de mis sueños, de mis codicias, perfectamente colocados, tal y como los había dejado; los discos, una larga colección, que sonaba en otros tiempos de acuerdo a mi estado de ánimo, cambiante dependiendo de los signos de simpatía o antipatía hacia el mundo exterior.

Recorrí todas las habitaciones del piso bajo, miré el jardín ajeno al tiempo, al cambio, atendiendo a sus suspiros provocados por el azote de la lluvia y el viento tormentoso, un rayo desequilibró el cielo entre luz y sombra, la noche se hizo vívida, tangible, y la fragancia del agua que me hizo estremecer en el pasado confundida con la visión de un abrazo cubrió la superficie de los objetos.

El sonido de gemidos en el piso superior me devolvió al mundo de los “vivos”. Irónico, yo que antes había agarrado cualquier acción de vida, cualquier desafío a vivir más y más intensamente, ahora había dejado de temblar ante las palabras y los hechos, y aquellos sonidos tan familiares no me produjeron escalofrío alguno, ninguna sensación, sólo percibí el ruido. Entré en la que había sido mi habitación y me senté en el pequeño sillón de mimbre que se quejó como en las noches calurosas de verano, mientras que aquel cuerpo que no era el mío se estremecía bajo el peso inapreciable del placer. Observé sus cuerpos, sin lamentaciones, sus movimientos rítmicos, acompasados, llenos de deseo, de placer o, ¿tal vez agonía? ¿Cuántas veces dejé vagar mi mente lejos de la realidad? ¿Cuántas veces salí al jardín en una noche como aquella mientras ella dormía? La oí  resoplar al darse la vuelta y escudriñé su rostro irreconocible, ya no era mío. Deslicé la vista hasta la otra mujer, ¿quién era? Esa pregunta importaba poco. Fuera quien fuera podría simplemente ahogarla, privarla de su felicidad pasajera, como había sido la mía antes, y darle una visión amplia y diferente de la realidad, de esa forma descubriría la mezquindad de la mujer que reposaba satisfecha a su lado, podría incluso mostrarle la suya, la del mundo entero, más aún, la mía.

Toqué su vientre para que despertara en un escalofrío y aprecié que su sudor era frío. Reconocí la angustia reflejada en su rostro sin que ella llegara a comprender por qué y salió corriendo al jardín como yo lo había hecho en otras noches. En ese momento supe que mi ansiedad era el recuerdo de otros seres que retomaban sin sentimentalismo lo que poseyeron un día. Contemplé durante largo tiempo aquel cuerpo perfecto, ahora relajado, con respiración acompasada, pero consciente de la crispación reflejada en el rostro de quien ha perdido la batalla consigo misma. Descansé a su lado por última vez, sabiendo que ella no sentiría ese agónico impulso de escapar porque yo no había pertenecido a nadie jamás, ni siquiera a ella y, aún así, lo hice. La noche murió en un suspiro, la vida perdió consistencia, yo salí de su sueño definitivamente.

María Jesús Ferenández



domingo, 8 de febrero de 2015

UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD por Javier Núñez


Buen inicio de semana, queridos anaquelistas. En esta ocasión les traemos un relato del escritor, Javier Núñez. Esperamos que lo disfruten, compartan y comenten su opinión.





UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD

por Javier Núñez

Correctora: Bea Magaña

 

Rafaela se encontraba sentada ante una pequeña mesa de madera ajada, llena de vetas y nudos oscuros, jugando una partida de solitario con una baraja española. Las cartas dispuestas sobre la superficie gastada estaban combadas y llenas de dobleces. Cogió una  del montón que sostenía boca abajo en la mano izquierda, le dio la vuelta y la examinó. Comprobó que se trataba del cuatro de espadas y la dispuso en la parte inferior de una de las hileras. Pese a moverse con gestos lentos y pesados, no necesitó detenerse a pensar dónde ponerla. Había jugado tantas veces aquellas partidas. Tantas miles de veces… 

Alzó la vista y miró hacia el pequeño bulto que yacía tendido en la cama, inmóvil frente a ella. El armazón de esta era de un hierro tan deslustrado que ni siquiera la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana era capaz de arrancarle un destello. El hombre que se encontraba bajo las mantas estaba recostado sobre el lado izquierdo, de cara a la suerte de puerta de que disponía la habitación, y permanecía inmóvil durante tanto tiempo que podía inducir a pensar que estaba muerto. Solo que no era así. No allí. La realidad era que se hallaba tan débil que apenas era capaz de mover una ínfima parte de su propio peso. 

Rafaela regresó a su partida de solitario. Al agachar la cabeza comprobó que, por sí misma, su mano derecha ya había comenzado a depositar una sota de bastos en la parte inferior de otra de las hileras. El resultado no era importante para ella. Le daba igual si completaba o no el solitario, pero la decisión de seguir jugando no le pertenecía. Continuaba haciéndolo porque no tenía alternativa. Arrojar las cartas contra el suelo y cruzarse de brazos no constituía una opción válida. Su margen de movimientos no podía ser más reducido. Con excepción de algunas pequeñas modificaciones conductuales sin importancia, todo escapaba a su control. Todo estaba escrito, y quien lo hizo había usado tinta indeleble. De la que perduraba en el tiempo, sin siquiera emborronarse. 

El As de copas, la siguiente carta, no encajaba en ninguna de las siete hileras, así que la devolvió al montón y cogió otra. Jugó durante un rato más. Hasta que, poco a poco, el montón fue disminuyendo de grosor, y se quedó con menos de una docena de cartas en la mano. Colocó un tres de oros al final de la tercera hilera empezando por la izquierda antes de que la partida entrara en una fase de bloqueo insalvable y no le quedara más remedio que darla por finalizada. Las soltó boca arriba, sobre la mesa, y comenzó a recogerlas para empezar una nueva. 

Aunque, en realidad, no tenía nada de nueva

No necesitaba jugarla para saber que la próxima también la perdería. Pero, aun así, debía hacerlo. Debía jugarla. Como todas las anteriores, y como todas las que vendrían después. 

Cuando volvió a quedarse bloqueada —esta vez con solo cuatro cartas en la mano—, retiró la silla de madera hacia atrás y se levantó. La anea entrelazada crujió cuando despegó el trasero del asiento. Se alisó la falda y se acercó al hueco abierto en la pared que hacía las veces de ventana. Al otro lado de los listones de madera que la delimitaban, el cielo era de un color gris ceniza a causa de las numerosas nubes que lo cubrían —incluso bajo ellos; como si la habitación flotara en el espacio—. A través de estas, el sol pugnaba por abrirse paso como un aguerrido soldado en medio del fragor de la batalla. Cuando lo lograba, sus rayos diluían la penumbra en que se hallaba sumida la habitación e iluminaban vagamente sus contornos. Al mismo tiempo, los rasgos de Rafaela mutaban y se transformaban en un cúmulo entremezclado de luces y sombras en su rostro surcado de arrugas. 

La última vez que había examinado su reflejo en un espejo tenía el pelo entrecano, y sabía que eso no había cambiado. Ni ninguna otra de las características de su apariencia o condición física. Seguía teniendo una acentuada red de varices en las piernas, la verruga con forma de lágrima del párpado izquierdo, molestias en la parte baja de la espalda como resultado de toda una vida de duro trabajo. Porque en aquel sitio las cosas no variaban. No mejoraban ni empeoraban. Ya que allí el tiempo —y todo cuanto pudiera guardar relación con él— no ejercía la menor influencia. De hecho, literalmente, no existía. 

Al cabo de un rato se volvió, atravesó la habitación y se detuvo ante la cabecera de la cama. La cabeza del hombre yacía apoyada sobre una fina almohada. Tenía los carnosos párpados caídos sobre los pómulos, el pelo corto, negro y despeinado, y una barba desaliñada que se amontaba en torno a sus mejillas y bajo su barbilla como un ovillo de lana después de que un niño hubiera estado jugando con él. Bajo esta se adivinaban con claridad unas mejillas hundidas, que hacían que los pómulos parecieran más prominentes y los ojos más hundidos en sus cuencas. Su nariz era ancha y estaba sepultada bajo un aluvión de venitas rotas: un rasgo muy común entre los alcohólicos. 

Rafaela no tenía ni idea de cómo se llamaba. De igual manera que no sabía por qué compartía esa habitación con ella. Por su aspecto, daba la impresión de que había llevado una vida desordenada y poco saludable. Y el hecho de que hubiera terminado allí añadía un nuevo elemento a la ecuación: no había sido una buena persona. Como ella, al parecer. Por eso permanecían atrapados en una burbuja que no estallaba y que todo apuntaba a que nunca lo haría. 

Sus intentos de entablar conversación con el hombre habían pinchado en hueso. Era consciente de la presencia de Rafaela, pero hablar resultaba ser una tarea demasiado ardua para él. Rafaela pensaba que, para terminar en ese estado, debía haber hecho mucho daño y dejado tras de sí mucho dolor durante el tiempo que su corazón había bombeado sangre a todos los rincones de su organismo. 

El hecho de que no solo hubiera terminado allí, sino que su castigo fuese permanecer inconsciente la mayor parte del tiempo, le había encogido el alma. Pero eso solo había sucedido al principio. Los primeros días, por así decirlo. Luego había concluido que existían varios preceptos inviolables, cuyo quebrantamiento le hacían a uno acabar allí. Y que el hombre debía haberse llevado unos cuantos por delante, como un obstáculo en medio de las vías al paso de un tren de mercancías. Varios peldaños por encima de los que quiera que se le atribuyesen a ella, en todo caso. 

El hombre sufrió el esperado ataque de tos y Rafaela lo recibió con tranquilidad, inclinándose sobre él y rodeándole el cuerpo con los brazos. Bajo los huesudos omóplatos, su piel estaba blanda y correosa, y despedía un tufo agrio semejante al de la leche de un brick olvidado en el fondo de la nevera, detrás de un bote extragrande de mostaza. Tiró de él y lo incorporó sin dificultad. La manta con que se cubría cayó sobre su regazo, dejando a la vista un torso descarnado que era poco más que pellejo, en el que destacaban dos gruesos pezones sonrosados rodeados de una mata de oscuro pelo largo y rizado. 

Estuvo dándole palmaditas en la espalda, sin preocuparse por que le tosiera en la cara, hasta que se le pasó. Seguía resultándole tan desagradable como la primera vez, pero hacía mucho que había dejado de atender a remilgos. Cuando el cuerpo del hombre empezó a relajarse, Rafaela lo apartó de sí y lo recostó nuevamente sobre el colchón. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes amarillentos y picados, y un reguero de baba le rodeaba la boca y se le escurría por entre la barba. Boqueó varias veces, como un pez fuera del agua. Entonces, entreabrió los ojos y articuló un inaudible «gracias».

Rafaela no contestó. El simple hecho de que aquel hombre estuviera allí le despertaba un profundo sentimiento de animadversión. 

¿Cuál era la historia de su vida? ¿Qué era aquello tan horrible que le había hecho terminar en ese lugar? 

Aunque, si lo odiaba, ¿lo justo no sería que se odiara también a sí misma? No recordaba nada de su vida anterior. Todo su pasado se había borrado de su cabeza como una foto velada. Así que no podía saber qué acción o acciones la habían condenado a quedar atrapada en aquel sitio. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Un mero detalle sin importancia, porque recordarlo no cambiaría nada, partiendo de la base de que el pasado era inalterable.

El hombre había vuelto a dormirse, y Rafaela se giró hacia la puerta que tenía a su espalda. O la apariencia de puerta, más bien, puesto que carecía de picaporte, cerradura y bisagras. Al principio de estar allí —fuera cuando eso fuese— la había aporreado y pedido ayuda a gritos, pero nunca acudió nadie. Y era demasiado robusta para una mujer de sesenta y tres años con problemas de circulación en las piernas y artrosis en las articulaciones. No podría tirarla abajo ni aunque fuese de cartón prensado. 

Fuera, el cielo seguía siendo de un gris plomizo, pero el sol había ido desplazándose hacia el oeste hasta desaparecer del campo de visión que le ofrecía la ventana, sumiendo a la habitación en una penumbra aún más intensa de lo que había habido hasta entonces. Volvió sobre sus pasos y encendió la pequeña lamparita metálica que había sobre la mesa. La bombilla de escasa potencia iluminó un círculo de unos tres metros de diámetro que confirió un aire ominoso a la habitación. 

Cuando el hombre encamado sufrió un nuevo ataque de tos —la tos de un fumador de toda la vida—, Rafaela volvió a incorporarlo y lo mantuvo sentado hasta que se le pasó. Esta vez, el hombre no le dio las gracias. Quizá porque se había quedado definitivamente sin fuerzas. Al cabo, lo recostó con cuidado y lo arropó con la sábana hasta el pecho. 

—No soy una mala persona —dijo, elevando una protesta a la habitación vacía de oyentes. 

Cada vez que llegaba aquel momento exacto abría la boca y las palabras brotaban del fondo de su garganta, estranguladas por la angustia. No siempre decía lo mismo. A veces, la queja variaba. Solo que no sabía si estaba diciendo la verdad o únicamente algo que se empeñaba en creer. Muy probablemente lo segundo, habida cuenta de los resultados.

Regresó a la mesa de madera desnuda y cogió la baraja. Al principio pensaba que, al menos, su castigador había tenido la deferencia de concederle algo con lo que distraerse. Entonces, en cierto momento del ciclo, se le había ocurrido que los naipes eran el pretexto perfecto para todo lo contrario. Dado que allí no existía el tiempo, las partidas de solitario eran su referencia respecto a cómo este transcurría subrepticiamente, igual que un sosegado río subterráneo que discurriera bajo sus pies. A cómo avanzaba en una dirección para, de pronto, trazar un giro brusco y regresar al punto de partida, desde donde volver a empezar.

Mientras barajaba sentía los últimos rayos de luz en la espalda. Ya no calentaban, y apenas lucían. El día tocaba a su fin para dar paso a la oscuridad de la noche. La extraña sensación de no comer nada había quedado atrás en algún punto del camino. No tenía hambre ni sueño, porque allí no existían esas dos cosas. Siempre tenía el estómago satisfecho y el cerebro despierto. Como máquinas autosuficientes. 

Cuando terminó de barajar dispuso siete cartas sobre la mesa y comenzó una nueva partida, pese a que aun antes de hacerlo ya sabía que iba a perderla. Y la racha se prolongaría durante cuatro partidas más. Otras siete y tendría que volver a levantarse para incorporar al hombre después de que este sufriera otro ataque de tos. Diecinueve antes de verse obligada a interrumpir el juego para hacerlo de nuevo. Veintiséis antes del que llegaría a continuación. En torno a ciento cuarenta antes de que el sol volviera a despuntar por el horizonte.

Entre tanto, la noche transcurriría silenciosamente a su espalda, salpicada de estrellas y con la luna desplazándose en el mar de brea en que se había convertido el cielo. Acabó la partida que estaba jugando y, con la mente en blanco, recogió las cartas y se puso a barajarlas mientras su mirada yacía perdida en un punto de la pared situado por encima de la cama del hombre al que le había sido encomendado cuidar. 

Dispuso otras siete sobre la mesa y dio inicio a una nueva partida. 

Había pensado mucho y detenidamente qué era aquel lugar antes de llegar a una conclusión. La detestaba, pero era la explicación más razonable de cuantas había valorado. 

Estaba en lo que, en Occidente, se hacía llamar Infierno. 

No había fuego ni olor a azufre por ninguna parte. Tampoco llantos desconsolados, gritos de dolor o súplicas, pidiendo misericordia. Nada de eso. Tan solo una habitación de la que no podía salir, con un hombre enfermo en una cama, unos naipes y una ventana que le mostraba el circuito cerrado de luz y oscuridad, de día y noche en que se hallaba atrapada. 

Como una aguja de tocadiscos atascada en los primeros segundos de una canción, repitiendo la misma parte una y otra vez. 

Repitiéndolos por toda la eternidad.

-FIN-

 

Gracias por leerlo. Espero que te haya gustado.

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