lunes, 9 de febrero de 2015

El corazón del caimán de Pilar Ruiz, llega a destino

La semana pasada realizamos el sorteo de un ejemplar formato papel de "El corazón del caimán" de Pilar Ruiz, el libro ya llegó a su destino y he aquí la mejor muestra de la feliz ganadora, enhorabuena nuevamente Juani, tienes entre tus manos un libro de mucho valor, tanto Ediciones B como los administradores del grupo, esperamos que lo disfrutes y te invitamos a seguir participando de los futuros sorteos.

Por mi parte,  me despido hasta abril de esta dinámica.







domingo, 8 de febrero de 2015

UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD por Javier Núñez


Buen inicio de semana, queridos anaquelistas. En esta ocasión les traemos un relato del escritor, Javier Núñez. Esperamos que lo disfruten, compartan y comenten su opinión.





UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD

por Javier Núñez

Correctora: Bea Magaña

 

Rafaela se encontraba sentada ante una pequeña mesa de madera ajada, llena de vetas y nudos oscuros, jugando una partida de solitario con una baraja española. Las cartas dispuestas sobre la superficie gastada estaban combadas y llenas de dobleces. Cogió una  del montón que sostenía boca abajo en la mano izquierda, le dio la vuelta y la examinó. Comprobó que se trataba del cuatro de espadas y la dispuso en la parte inferior de una de las hileras. Pese a moverse con gestos lentos y pesados, no necesitó detenerse a pensar dónde ponerla. Había jugado tantas veces aquellas partidas. Tantas miles de veces… 

Alzó la vista y miró hacia el pequeño bulto que yacía tendido en la cama, inmóvil frente a ella. El armazón de esta era de un hierro tan deslustrado que ni siquiera la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana era capaz de arrancarle un destello. El hombre que se encontraba bajo las mantas estaba recostado sobre el lado izquierdo, de cara a la suerte de puerta de que disponía la habitación, y permanecía inmóvil durante tanto tiempo que podía inducir a pensar que estaba muerto. Solo que no era así. No allí. La realidad era que se hallaba tan débil que apenas era capaz de mover una ínfima parte de su propio peso. 

Rafaela regresó a su partida de solitario. Al agachar la cabeza comprobó que, por sí misma, su mano derecha ya había comenzado a depositar una sota de bastos en la parte inferior de otra de las hileras. El resultado no era importante para ella. Le daba igual si completaba o no el solitario, pero la decisión de seguir jugando no le pertenecía. Continuaba haciéndolo porque no tenía alternativa. Arrojar las cartas contra el suelo y cruzarse de brazos no constituía una opción válida. Su margen de movimientos no podía ser más reducido. Con excepción de algunas pequeñas modificaciones conductuales sin importancia, todo escapaba a su control. Todo estaba escrito, y quien lo hizo había usado tinta indeleble. De la que perduraba en el tiempo, sin siquiera emborronarse. 

El As de copas, la siguiente carta, no encajaba en ninguna de las siete hileras, así que la devolvió al montón y cogió otra. Jugó durante un rato más. Hasta que, poco a poco, el montón fue disminuyendo de grosor, y se quedó con menos de una docena de cartas en la mano. Colocó un tres de oros al final de la tercera hilera empezando por la izquierda antes de que la partida entrara en una fase de bloqueo insalvable y no le quedara más remedio que darla por finalizada. Las soltó boca arriba, sobre la mesa, y comenzó a recogerlas para empezar una nueva. 

Aunque, en realidad, no tenía nada de nueva

No necesitaba jugarla para saber que la próxima también la perdería. Pero, aun así, debía hacerlo. Debía jugarla. Como todas las anteriores, y como todas las que vendrían después. 

Cuando volvió a quedarse bloqueada —esta vez con solo cuatro cartas en la mano—, retiró la silla de madera hacia atrás y se levantó. La anea entrelazada crujió cuando despegó el trasero del asiento. Se alisó la falda y se acercó al hueco abierto en la pared que hacía las veces de ventana. Al otro lado de los listones de madera que la delimitaban, el cielo era de un color gris ceniza a causa de las numerosas nubes que lo cubrían —incluso bajo ellos; como si la habitación flotara en el espacio—. A través de estas, el sol pugnaba por abrirse paso como un aguerrido soldado en medio del fragor de la batalla. Cuando lo lograba, sus rayos diluían la penumbra en que se hallaba sumida la habitación e iluminaban vagamente sus contornos. Al mismo tiempo, los rasgos de Rafaela mutaban y se transformaban en un cúmulo entremezclado de luces y sombras en su rostro surcado de arrugas. 

La última vez que había examinado su reflejo en un espejo tenía el pelo entrecano, y sabía que eso no había cambiado. Ni ninguna otra de las características de su apariencia o condición física. Seguía teniendo una acentuada red de varices en las piernas, la verruga con forma de lágrima del párpado izquierdo, molestias en la parte baja de la espalda como resultado de toda una vida de duro trabajo. Porque en aquel sitio las cosas no variaban. No mejoraban ni empeoraban. Ya que allí el tiempo —y todo cuanto pudiera guardar relación con él— no ejercía la menor influencia. De hecho, literalmente, no existía. 

Al cabo de un rato se volvió, atravesó la habitación y se detuvo ante la cabecera de la cama. La cabeza del hombre yacía apoyada sobre una fina almohada. Tenía los carnosos párpados caídos sobre los pómulos, el pelo corto, negro y despeinado, y una barba desaliñada que se amontaba en torno a sus mejillas y bajo su barbilla como un ovillo de lana después de que un niño hubiera estado jugando con él. Bajo esta se adivinaban con claridad unas mejillas hundidas, que hacían que los pómulos parecieran más prominentes y los ojos más hundidos en sus cuencas. Su nariz era ancha y estaba sepultada bajo un aluvión de venitas rotas: un rasgo muy común entre los alcohólicos. 

Rafaela no tenía ni idea de cómo se llamaba. De igual manera que no sabía por qué compartía esa habitación con ella. Por su aspecto, daba la impresión de que había llevado una vida desordenada y poco saludable. Y el hecho de que hubiera terminado allí añadía un nuevo elemento a la ecuación: no había sido una buena persona. Como ella, al parecer. Por eso permanecían atrapados en una burbuja que no estallaba y que todo apuntaba a que nunca lo haría. 

Sus intentos de entablar conversación con el hombre habían pinchado en hueso. Era consciente de la presencia de Rafaela, pero hablar resultaba ser una tarea demasiado ardua para él. Rafaela pensaba que, para terminar en ese estado, debía haber hecho mucho daño y dejado tras de sí mucho dolor durante el tiempo que su corazón había bombeado sangre a todos los rincones de su organismo. 

El hecho de que no solo hubiera terminado allí, sino que su castigo fuese permanecer inconsciente la mayor parte del tiempo, le había encogido el alma. Pero eso solo había sucedido al principio. Los primeros días, por así decirlo. Luego había concluido que existían varios preceptos inviolables, cuyo quebrantamiento le hacían a uno acabar allí. Y que el hombre debía haberse llevado unos cuantos por delante, como un obstáculo en medio de las vías al paso de un tren de mercancías. Varios peldaños por encima de los que quiera que se le atribuyesen a ella, en todo caso. 

El hombre sufrió el esperado ataque de tos y Rafaela lo recibió con tranquilidad, inclinándose sobre él y rodeándole el cuerpo con los brazos. Bajo los huesudos omóplatos, su piel estaba blanda y correosa, y despedía un tufo agrio semejante al de la leche de un brick olvidado en el fondo de la nevera, detrás de un bote extragrande de mostaza. Tiró de él y lo incorporó sin dificultad. La manta con que se cubría cayó sobre su regazo, dejando a la vista un torso descarnado que era poco más que pellejo, en el que destacaban dos gruesos pezones sonrosados rodeados de una mata de oscuro pelo largo y rizado. 

Estuvo dándole palmaditas en la espalda, sin preocuparse por que le tosiera en la cara, hasta que se le pasó. Seguía resultándole tan desagradable como la primera vez, pero hacía mucho que había dejado de atender a remilgos. Cuando el cuerpo del hombre empezó a relajarse, Rafaela lo apartó de sí y lo recostó nuevamente sobre el colchón. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes amarillentos y picados, y un reguero de baba le rodeaba la boca y se le escurría por entre la barba. Boqueó varias veces, como un pez fuera del agua. Entonces, entreabrió los ojos y articuló un inaudible «gracias».

Rafaela no contestó. El simple hecho de que aquel hombre estuviera allí le despertaba un profundo sentimiento de animadversión. 

¿Cuál era la historia de su vida? ¿Qué era aquello tan horrible que le había hecho terminar en ese lugar? 

Aunque, si lo odiaba, ¿lo justo no sería que se odiara también a sí misma? No recordaba nada de su vida anterior. Todo su pasado se había borrado de su cabeza como una foto velada. Así que no podía saber qué acción o acciones la habían condenado a quedar atrapada en aquel sitio. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Un mero detalle sin importancia, porque recordarlo no cambiaría nada, partiendo de la base de que el pasado era inalterable.

El hombre había vuelto a dormirse, y Rafaela se giró hacia la puerta que tenía a su espalda. O la apariencia de puerta, más bien, puesto que carecía de picaporte, cerradura y bisagras. Al principio de estar allí —fuera cuando eso fuese— la había aporreado y pedido ayuda a gritos, pero nunca acudió nadie. Y era demasiado robusta para una mujer de sesenta y tres años con problemas de circulación en las piernas y artrosis en las articulaciones. No podría tirarla abajo ni aunque fuese de cartón prensado. 

Fuera, el cielo seguía siendo de un gris plomizo, pero el sol había ido desplazándose hacia el oeste hasta desaparecer del campo de visión que le ofrecía la ventana, sumiendo a la habitación en una penumbra aún más intensa de lo que había habido hasta entonces. Volvió sobre sus pasos y encendió la pequeña lamparita metálica que había sobre la mesa. La bombilla de escasa potencia iluminó un círculo de unos tres metros de diámetro que confirió un aire ominoso a la habitación. 

Cuando el hombre encamado sufrió un nuevo ataque de tos —la tos de un fumador de toda la vida—, Rafaela volvió a incorporarlo y lo mantuvo sentado hasta que se le pasó. Esta vez, el hombre no le dio las gracias. Quizá porque se había quedado definitivamente sin fuerzas. Al cabo, lo recostó con cuidado y lo arropó con la sábana hasta el pecho. 

—No soy una mala persona —dijo, elevando una protesta a la habitación vacía de oyentes. 

Cada vez que llegaba aquel momento exacto abría la boca y las palabras brotaban del fondo de su garganta, estranguladas por la angustia. No siempre decía lo mismo. A veces, la queja variaba. Solo que no sabía si estaba diciendo la verdad o únicamente algo que se empeñaba en creer. Muy probablemente lo segundo, habida cuenta de los resultados.

Regresó a la mesa de madera desnuda y cogió la baraja. Al principio pensaba que, al menos, su castigador había tenido la deferencia de concederle algo con lo que distraerse. Entonces, en cierto momento del ciclo, se le había ocurrido que los naipes eran el pretexto perfecto para todo lo contrario. Dado que allí no existía el tiempo, las partidas de solitario eran su referencia respecto a cómo este transcurría subrepticiamente, igual que un sosegado río subterráneo que discurriera bajo sus pies. A cómo avanzaba en una dirección para, de pronto, trazar un giro brusco y regresar al punto de partida, desde donde volver a empezar.

Mientras barajaba sentía los últimos rayos de luz en la espalda. Ya no calentaban, y apenas lucían. El día tocaba a su fin para dar paso a la oscuridad de la noche. La extraña sensación de no comer nada había quedado atrás en algún punto del camino. No tenía hambre ni sueño, porque allí no existían esas dos cosas. Siempre tenía el estómago satisfecho y el cerebro despierto. Como máquinas autosuficientes. 

Cuando terminó de barajar dispuso siete cartas sobre la mesa y comenzó una nueva partida, pese a que aun antes de hacerlo ya sabía que iba a perderla. Y la racha se prolongaría durante cuatro partidas más. Otras siete y tendría que volver a levantarse para incorporar al hombre después de que este sufriera otro ataque de tos. Diecinueve antes de verse obligada a interrumpir el juego para hacerlo de nuevo. Veintiséis antes del que llegaría a continuación. En torno a ciento cuarenta antes de que el sol volviera a despuntar por el horizonte.

Entre tanto, la noche transcurriría silenciosamente a su espalda, salpicada de estrellas y con la luna desplazándose en el mar de brea en que se había convertido el cielo. Acabó la partida que estaba jugando y, con la mente en blanco, recogió las cartas y se puso a barajarlas mientras su mirada yacía perdida en un punto de la pared situado por encima de la cama del hombre al que le había sido encomendado cuidar. 

Dispuso otras siete sobre la mesa y dio inicio a una nueva partida. 

Había pensado mucho y detenidamente qué era aquel lugar antes de llegar a una conclusión. La detestaba, pero era la explicación más razonable de cuantas había valorado. 

Estaba en lo que, en Occidente, se hacía llamar Infierno. 

No había fuego ni olor a azufre por ninguna parte. Tampoco llantos desconsolados, gritos de dolor o súplicas, pidiendo misericordia. Nada de eso. Tan solo una habitación de la que no podía salir, con un hombre enfermo en una cama, unos naipes y una ventana que le mostraba el circuito cerrado de luz y oscuridad, de día y noche en que se hallaba atrapada. 

Como una aguja de tocadiscos atascada en los primeros segundos de una canción, repitiendo la misma parte una y otra vez. 

Repitiéndolos por toda la eternidad.

-FIN-

 

Gracias por leerlo. Espero que te haya gustado.

Puedes disfrutar de más lecturas gratuitas como esta en:

https://entrelosescombros.wordpress.com/

 

 

 

 

viernes, 6 de febrero de 2015

De espacios y otros derroteros

En esta ocasión hablaré acerca de dónde se desarrollan las acciones de los personajes: el espacio y el tiempo. En teoría narrativa estos dos son los elementos más importantes del relato.
El espacio es el lugar donde se desarrollan los acontecimientos en un tiempo determinado. No se refiere solo al espacio físico en el que se desenvuelven los personajes sino al espiritual y moral.
Espacio físico
Se refiere al lugar en concreto donde se realizan los hechos. Puede ser de dos tipos, abierto o cerrado. El abierto, como su nombre da a entender, es aquel que está al "aire libre" mientras que el cerrado es interno,  como el interior de una casa, por ejemplo. Es realizado por medio de descripciones así que no incluye acciones.
Por ejemplo:
La noche era fría y tormentosa. Los árboles se deshojaban lentamente por la llegada del otoño.
Espacio psicológico
Es la atmósfera espiritual que rodea a los personajes. Son características atribuidas a sujetos activos como amor, odio, miedo... e influye en sus acciones.
Por ejemplo:
El ambiente se había vuelto irrespirable y podía cortarse con un cuchillo. Lágrimas parecían caer de los tapices y sillones.
Espacio social
Es el entorno cultural, religioso, económico y moral que se teje en torno a los personajes.
Por ejemplo:
Los niños en el internado solían dividirse de acuerdo a la cantidad de dinero que colgaba del bolsillo de sus padres.
En cuanto al tiempo, éste se divide en real o imaginario, depende de la intención del relato.
Tiempo del relato
Es el orden en el que se organizan los acontecimientos.
Tiempo referencial histórico
Aquel que hace referencia al tiempo real en el que se dan los hechos. Es el contexto histórico en el que se sitúa.
Es así como se va conformando la estructura del relato, valiéndose de estos elementos que lo entretejen para darle veracidad.
Santa Cassandra Aguilera Hernández (SCAH)

miércoles, 4 de febrero de 2015

Conociendo a la escritora mexicana Adelfa Martín.

Antes de invitaros a conocer a la escritora Adelfa Martín, quiero comentar sobre un artículo que hace unas semanas ella publicó, el mismo que captó mi atención desde el primer momento, tenía como título tres preguntas que todos nos hacemos constantemente, y cuya respuesta es la que marca la forma de cómo hacemos este trabajo tan bonito y adictivo que es escribir, las preguntas son: ¿Por qué, para quién y cómo escribo?

Comparto con todos vosotros como Adelfa empieza a tratar este tema, y dice así:

“Mis estimados lectores:

Esta semana me he decidido por un artículo que encontré por ahí, y que a quienes escribimos o tratamos de hacerlo, nos hará experimentar que nadamos en aguas comprensibles; como quien está entre amigos, codo con codo con quien vive y ha vivido nuestras mismas angustias e inseguridades. En una palabra, un artículo que sentí que nos viene como anillo al dedo, a quienes un bueno día decidimos arriesgarnos a tomar el toro por los cuernos de dedicarnos a escribir; así, sin anestesia ni nada.”

Posteriormente tomaba una encuesta realizada por el crítico y escritor Mexicano Emmanuel Carballo a varios autores sobre estas tres preguntas y aportaba su punto de vista. No puedo dejar pasar la oportunidad y me voy a permitir dar una pequeña opinión personal sobre estas tres preguntas.

¿Por qué escribo?, Sencillamente porque siento la necesidad de hacerlo, plasmar mis pensamientos en letras, y compartir mi visión del mundo.

¿Para quién escribo?, Para mí, para todos, para quien quiera regalarme un poquito de su tiempo.

¿Cómo escribo?, No tengo una metodología o ritual específico, simplemente lo hago cuando esa idea, esa emoción está allí y siento el impulso de hacerlo.

En definitiva llego a la conclusión que escribir es expresar lo que cada uno es, muchas veces desnudar nuestro interior y en otras dar rienda suelta a la imaginación, y que todos quienes escribimos nos mostramos a nosotros mismos reflejados en un poema, cuento o novela.

Invito a todos a visitar el link que incluiré al final de esta entrada, donde podéis leer el artículo completo publicado por Adelfa.

Os invito pues a conocer a una mujer que desborda sensibilidad y comprometida con las causas justas, además de se una brillante escritora.

Adelfa Martín según sus propias palabras:


Resido en Guadalajara, Jalisco, México. 

He publicado hasta ahora –solo en Amazon-, 12 libros. 6 novelas, un texto de crítica social, poemas cuentos, e incluso, un libro de poemas y cuentos infantiles, más que nada por mis nietas. Actualmente estoy en el proceso de  una nueva novela que se titulará La Casa de Piedra, pero aún tendré trabajo para unos dos o tres meses más. 

Mis temas básicos son los sociales. La violencia de  género, la trata, los narcos, los niños; tanto en novelas como en poemas, aunque también me he ido por otros derroteros, e Itzayana y La Perla Negra,  esta ultima la publiqué en junio pasado, se salen de esas obsesiones, aunque la dignificación de la mujer, siempre esté presente.   

Tiene un blog desde hace unos 8 años, donde comenzó a publicar “sus propias cosas”, como ella misma lo dice, este es: “Cuentos y otros fantasmas”, a continuación comparto el link, donde invito a que entréis y conozcáis el trabajo de Adelfa Martín.



El link donde encontraréis sus libros publicados en Amazon: 




       

















También colabora en:

Uruz Arts & Innovation, Palabras Diversas, Letralia, Literatura en breve, Revista Biografía, Yo soy poeta, Poetas solidarios del mundo, Antología literaria, etc.

Y no podía dejar esta entrada sin uno de sus poemas que también lo encontraréis en su blog, disfrutadlo.

Tiempo sin Tiempo

Veo hacia adentro de la oscuridad.
De mi interior nacen los gritos
que escucho a lo lejos,
porque vienen de las voces
que no me pertenecen.

La tristeza no emana de mí,
viene de aquellas aves
que no saben cantar porque
les arrancaron los ojos.

Su canción es muda y sorda.
Las flautas que suenan lejanas
atormentan a mi alma que descansa.
¡OH paz interior que ya no te recuerdo!

…Siento los pasos de los hombres
que me acechan día y noche…
Mis ropajes naranjas son una mueca
de alegría; una burla cruel

¿Cuántos años aquí?
¿Qué sucedió que no puedo recordar?
El tiempo se detuvo sobre
las nubes de aquélla montaña
que no ha cambiado en años…

Canta ave, canta…
Yo prometo reponer tus ojos
que miran desde la profundidad
del alma de las aves…

La soledad es un mito que me acompaña.
La alegría, una  sombra igual
al sonido del tren lejano y cercano.

Resuenan nuevamente los
pasos de los hombres solos
que no duermen nunca…
La sangre se secó,
y no puedo seguir escribiendo…


Enlace a la publicación que he citado anteriormente:


Muchas gracias Adelfa por compartir con todos nosotros y nos des la oportunidad de conocerte, hasta la próxima y un fuerte abrazo.

Henry G. Aguiar Sanchez.
HGAS.


lunes, 2 de febrero de 2015

Arranca la actividad: El peligro de amar


Da comienzo la segunda actividad de creación literaria conjunta de Anaquel Live. En este caso el género era Romántico.
En el anterior post presentando la actividad se expusieron las normas.
Como ya se comentó el inicio de la historia ha corrido a cargo de María del Pino con el título "El peligro de amar".
A tener en cuenta:
 - El narrador es en tercera persona y omnisciente: tiene un conocimiento total de los hechos, de todos, los sentimientos, pensamientos, etc.

Los participantes en orden de escritura son:
    1. Isabelle Lebais
    2. Erasmo Martinez Perera
    3. Henry G. Aguiar Sanchez
    4. Ana Saavedra
    5. Karina Delprato
    6. Frank Spoiler Sánchez
    7. Nico Estevelle
    8. Itsy Pozuelo
    9. Ramón Escolano Ramón
    10. Inma Flores
    11. Mary Ann
    12. Nemessis Onion
    13. Ricardo Plantagenet Médano
    14. María José Moreno 
    15. Olga Artigas (portada)
    En el grupo de Facebook de Anaquel Literario se publicará un post específico para que los participantes vayan comentando el desarrollo de la historia y organicemos los turnos.
    Los textos se enviarán como documento adjunto a la cuenta de correo anaquelliterario@gmail.com, poniendo en el asunto "Anaquel Live 02".

    El documento con el comienzo de la historia se encuentra compartido en este enlace, que se irá actualizando conforme se reciban las participaciones y se revisen.

    Espero que disfrutemos de esta experiencia como de la anterior.