lunes, 14 de septiembre de 2015

Relata la imagen: El escritor José Salieto nos habla de los cuatro elementos.


 Ahora en "Relata la imagen", os presentamos al escritor José Salieto con dos relatos introspectivos, como es habitual en él.
Es autor de la saga literaria "Historias de una nueva raza" que consta de 4 tomos: I Génesis, II Éxodo, III Inquietudes y IV Redención. También es autor del libro "Historias al otro lado de la razón", como el mismo nos lo describe "Son 20 relatos que te llevarán por lo recovecos más profundos de la mente y el alma humana".

Os recordamos que podéis enviarnos vuestro relatos, poemas, etc... con  la imagen que os haya inspirado para compartirlo con todos los amantes de la lectura y la creatividad literaria.

Es un gran honor contar con estos dos relatos de José Salieto, que nos hablan de los cuatro elementos, disfrutadlos.

Cuatro elementos

Nací cándido, inocente, confiado, lleno de buena fe y sin maldad en mi corazón, sutil y volátil como el aire, creyendo que todo el mundo era como yo. Y no pude ser feliz porque la mayoría se reía y se burlaba de mí y me hacía daño. Y entonces fijé mis pies en la tierra y quise aislarme, endurecerme y no mostrar mi debilidad, dejando que todos pasaran por mi lado sin fijarse en mí. Y tampoco pude ser feliz, porque todos caminaban sobre mí sin prestarme atención, y yo necesitaba ser amado. Entonces decidí ser agua y amoldarme a cada recipiente, a cada persona, para recibir su reconocimiento y su aprobación. Y al principio los recibí,
pero después descubrí que tampoco así podía ser feliz, porque era como cada uno de los demás quería que fuese, y no como era yo. Entonces lo pensé mejor y decidí ser fuego, mostrarme fuerte, independiente, casi destructor, que pareciera que no me importaba nada y que estaba por encima de todo, que estaba dispuesto a hacer daño antes de que me lo hicieran. Pero tampoco esto me dio la felicidad, porque me sentía falso y no era yo. Incluso hacía daño a otros que eran como cuando yo fui aire, y eso no me gustaba aunque lo escondiera.
Entonces, y solo entonces, descubrí que el secreto estaba en el equilibrio. En ser yo mismo sin que me importe lo que los demás digan o esperen de mí. En volar por los aires a baja altura, sin apartarme mucho de la tierra, pero sin quedarme anclado a ella. En amoldarme como el agua para poder escuchar y comprender a los demás, pero sin dejar de mostrar mi verdadera forma. Y en tener la suficiente fuerza y coraje del fuego para vencer las adversidades y enfrentarme a mis errores, y dar calor a quien lo necesita. Y así, como un milagro, nació en mí el amor. El amor a mí mismo, a mis semejantes, a la naturaleza que me rodea y de la que soy parte, al mundo en el que vivo y al universo infinito en el que mi mundo se mueve con la danza de las estrellas. Y con ese amor en mi alma, descubrí que era feliz.

Sin título

Pude volar lejos, alcanzar los horizontes, llenar mi alma de luz y esparcir mi simiente de felicidad por doquier. Pero elegí llevarme por mis pasiones, mis deseos egoístas, mi vanidad y mi orgullo, olvidándome de los demás. Y es que entre el cielo y el infierno, no hay más que una línea tan fina como el filo de una navaja.

Micrófono Abierto, Abelardo Leó González



Bienvenidos queridos anaquelianos, estamos ante la tercera semana de esta dinámica y tengo el gusto de presentarles a nuestro invitado el escritor Abelardo León González.

Durante toda esta semana, todos los interesados, pueden dejar sus preguntas en el grupo de Facebook "Anaquel Literario", dentro del post marcado. El autor responderá a cada una de ellas conforme se vayan formulando y de acuerdo a su tiempo disponible.

Recuerden que "Micrófono Abierto" lo hacemos todos, así que los animo a participar y conocer más de este interesante autor que ahora promueve su novela titulada "La última carta, la vida de Elizabeth Murray"

Para conocerlo mejor les dejo su biografía y la sinopsis  de esta historia.




ABELARDO LEÓN GONZÁLEZ 


Nació en la localidad de Vecindario, situada en el municipio de Santa Lucía de Tirajana, en la isla de Gran Canaria (España).

Estudió la carrera de Ingeniería Técnica en Informática de Gestión (1997-2001) y, posteriormente, la de Ingeniería en Informática, especializándose en “Automática y Control” (2001-2003).

Trabajó durante 4 años en consultorías y otros 4 años más en el campo de la investigación y desarrollo, desarrollando servicios para integrarlos en entornos domóticos facilitando la inclusión social a personas de los colectivos que, tradicionalmente, han sufrido las barreras sociales.

Actualmente está dedicándose, activamente, a la promoción de su primera novela “La última carta. La vida de Elizabeth Murray” mientras escribe la segunda de esta trilogía.




Sinopsis

En 1810, en las afueras de Richmond (Virginia, Estados Unidos), en una abandonada plantación de algodón Elizabeth Murray, una viuda de sesenta años, se acomoda para escribir la que será su última carta a su hija Sophie. Le contará los hechos acaecidos en esa plantación desde la llegada a esa hacienda, tras su luna de miel, allá por el año 1773. La Revolución Americana, así como la convivencia con una sociedad esclavista, enfrenta a Elizabeth con sus peores pesadillas. Por ello, se ve en la necesidad de trasladar a su hija Sophie los principios básicos que ella, Elizabeth, aprendió de la vida.



lunes, 7 de septiembre de 2015

Revista Literaria Umbral Año 2 - Nº 11, septiembre de 2015. ¡¡¡FELICIDADES SAINDE!!!

Portada: Óleo, Graciela Escudero "Gachi"
Un mes más que La Sociedad de Autores Independientes (#Sainde), trae para todos los amantes de la lectura y la originalidad, La Revista Literaria Umbral, sin faltar a la cita que tiene con miles de lectores, seguidores y asociados. Este es el Nº 11 – Año 2 de la revista, y este es un mes muy especial para SAINDE, porque el 15 de septiembre se cumplen dos años de existencia de la Sociedad, por eso permitidme dar una vez más mi enhorabuena. El camino ha sido cargado de grandes emociones y dificultades, pero sobre todo, con mucha ilusión de seguir adelante y hacer de la cultura su razón de ser.

Os invito a leer la nota editorial, que he tenido el gran honor de escribir, a disfrutar de su preciosa portada, trabajo de la artista argentina Graciela Escudero “Gachi”, y como no, de su contenido, que no es otro que el esfuerzo y dedicación de sus asociados que mes a mes están presentes y hacen posible que la Revista Literaria Umbral llegue a todos nosotros, y por último os invito a unirse a SAINDE, os estamos esperando con los brazos abiertos.

Os invito a leer la nota editorial, que he tenido el gran honor de escribir, a disfrutar de su preciosa portada, trabajo de la artista argentina Graciela Escudero “Gachi”, y como no, de su contenido, que no es otro que el esfuerzo y dedicación de sus asociados que mes a mes están presentes y hacen posible que la Revista Literaria Umbral llegue a todos nosotros, y por último os invito a unirse a SAINDE, te estamos esperando con los brazos abiertos.

A continuación adjunto parte de su contenido: “BL430”, un cuento del escritor venezolano Joalberths De Agrela, y “El poeta y la Luna”, un poema del escritor argentino Martín Alberto González.







Entrad en la web de SAINDE donde la podéis leer online y descargad la revista, disfrutadla.


domingo, 6 de septiembre de 2015

Micrófono Abierto Francisco Zurita

******Micrófono Abierto ***
Segunda semana



Francisco Zurita

Anaquelianos en esta ocasión tenemos de invitado por toda esta semana al escritor Francisco Zurita.

Les dejo su biografía y sinopsis de sus novelas para que puedan comenzar a participar dejando sus preguntas.

------

Nacido en Madrid. Profesional de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. Durante más de veinticinco años ha desempeñado puestos directivos en varias multinacionales del sector. Sus dos grandes pasiones la lectura y la escritura.En el año 2002 publicó su primera novela:
El secreto de Baefra —ambientada en el Egipto de los Faraones—, que ha sido reeditada en su segunda edición en el año 2014.También, a finales de 2014, ha publicado la segunda:
El sonido del Clavicordio —con una trama inquietante y un desconcertante final—, basada en las vicisitudes de un profesor de historia que escribe una novela ambientada en la enigmática Orden del Temple.Actualmente, se encuentra inmerso en la escritura en paralelo de tres distintas novelas, con la intención de concluir una de ellas en el presente año 2015:

Cercados 1936*1939, donde plantea la vida cotidiana de los madrileños que se vieron obligados a asistir como invitados a la sangrienta Guerra Civil española.
Página personal: http://franciscozurita.webnode.es/ 

Facebook: https://www.facebook.com/franciscozur EMAIL: franciscozur.autor@gmail.com

EL SECRETO DE BAEFRA:Una novela trepidante ambientada en el Egipto de los Faraones. Uncoronel del ejércitoamericano es falsamenteacusado por el FBI.Casualmente, conoce a unaarqueóloga británica quien lehabla sobre el enigma de uncolgante egipcio y unmilenario papiro. Decidenviajar a Egipto paradesentrañar el misterio. El hallazgo de la tumba de un príncipe de laestirpe de Keops, les lleva a realizar un experimento donde la biologíamolecular y la secuenciación de una cadena de ADN les permitiráalcanzar un hito desconocido para la humanidad.En venta en formato digital y en papel: www.lulu.com/spotlight/franciscozurita

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Relata la imagen. "Ser de aire" de María Jesús Fernández.

Buen día amigas y amigos, hace unas semanas lanzamos la propuesta: "Relata la Imagen" desde el grupo Anaquel Literario, y es ahora cuando empanzaremos a difundir todas aportaciones que hemos recibido, no sin antes agradecer infinitamente por la acogida que hemos tenido.

Os invitamos a leer las bases, la convocatoria sigue abierta:


Damos comienzo a "Relata la imagen" con un relato de la escritora María Jesús Fernández, os invitamos también a que visiten su blog donde podréis disfrutar de más relatos y poemas de la autora, además, hemos leído en una entrevista que está escribiendo una novela, la cual esperaremos con ansias, mientras tanto, aquí el enlace a su blog y su relato.


SER DE AIRE

Ahora lo veía claramente, todo aparecía ante mí sin que nadie pudiera percatarse de mi presencia. La hipocresía en sus rostros, aquellas caras que tantas veces había escudriñado a la luz del día o bajo una tenue iluminación artificial en una calle cualquiera, intentando hacerlas mías. Esa falsedad observada en más de una ocasión era real, era un síntoma claro de su profundo arraigo en prejuicios y temores. Sólo bajo esta no-apariencia pude aclarar lo que antes rondaba en mi mente como simple sospecha, que aquellas arrugas y gestos austeros y mediocres escondían bajo sus pliegues la mezquindad, el egoísmo, la mentira, la impotencia. ¿Todos mentían? Sin duda se engañaban a sí mismos, sobre todo en las ocasiones en las que rehuían afrontar los hechos tal y como eran o arriesgar parte de su bienestar social y personal.

Anduve gran parte de la noche, ese periodo de tiempo en el cual los sonidos adquirían gran magnitud desgarrando la tranquilidad, en el que el viento frío de la soledad surgía con fuerza meciendo los árboles para regalarnos una melodía suave que calmaba los espíritus haciendo desaparecer la angustia, que embriagaba los sentidos más allá de lo que merecíamos. Recorrí calles familiares, llenas de bares ahora cerrados, vacíos, sin vida, en los que el griterío ensordecedor de los que huían de sí mismos se había apagado como sus vidas cuando volvían a la realidad cotidiana, en los que tantos cuerpos desprovistos de ese rasgo sensible llamado amor propio miraban alrededor inconscientes de su torpeza, en los que una maraña informe de deseos se reunían creyendo compartir afinidades tan solo por una noche.

Me deslicé entre borrachos olvidados de ellos mismos, y de un mundo al que no querían o no podían pertenecer, que vagaban por la noche de los insomnes entre anhelos perdidos. La fuerza del viento me trajo el hediondo olor de la muerte absurda que construíamos para nosotros. Me alejé para retomar las calles de mi adorada vida terrenal, en las que perdí tantos días, tantas noches queriendo encontrar ni siquiera sé qué cosa, y esa búsqueda inútil por lo desconocido me empujó siempre adelante desde el instante en que deseché el pasado como algo mío.

Me quedé clavada en un pequeño portal oscuro que escondía una puerta robusta de madera, fácilmente franqueable para mí ahora. Esa oscuridad me era absolutamente familiar, no sólo porque ya no necesitaba la claridad para ver a mi alrededor sino por la infinidad de veces que había rebasado el umbral de la casa con una sonrisa en los labios, sintiéndome fuera de mí, orgullosa de poseer algo más que mi propio yo. Ese vanidoso pensamiento me había acompañado gran parte de los últimos años de mi vida, hasta el final de mis días, incluso me dio fuerzas para emprender la tarea de construir un retazo de felicidad entre mi posesión y yo. Nunca rechacé, sin embargo, la sensación, aunque siempre en el límite de convertirse en temor, de lo pasajero de las cosas, y más aún de las relaciones, como atraviesan un estadio de plenitud y van perdiendo armonía hasta agotar aquel primer encanto de oír una voz como en un susurro, lejana y cálida. Cerré los ojos y recordé, ahora sin sentimentalismo, los años que forjaron una unión que imaginé indestructible, porque todo fue producto de mi desbordada capacidad de fantasear. Incluí los planes de vacaciones, los años de convivencia y las largas conversaciones detrás de una cerveza en cualquier lugar, no importaba cual, en las tardes calurosas de verano, después de pasar todo el día en las nubes sin llegar a concentrarme en nada, tan solo en mi pequeño mundo, en mi frágil atadura con la hermosura, una diosa, y sólo podía ser así para mí, toda venerada.

En aquel momento, mientras me decidía a atravesar el umbral de mi casa, pensé que habría sido mejor no haber muerto, porque estando aún viva tendría la posibilidad de que una duda me reconciliara con mi amor adorado, aunque ahora que era capaz de observarlo todo, quería seguir ignorando la realidad como tantas veces lo había hecho antes.

Entré sin miedo y vagué alrededor de los muebles del salón, sin sentir emoción alguna, recorriendo con la vista la colocación, el orden, la limpieza; se diría que nadie vivía allí, y en cierto modo podría ser así, yo había dejado de existir en este mundo y probablemente en su mente; ella en este hogar al que juntas dimos forma.

       Me senté en el sofá bajo el peso consolador de la oscuridad y contemplé las estanterías llenas de mis libros, de mis sueños, de mis codicias, perfectamente colocados, tal y como los había dejado; los discos, una larga colección, que sonaba en otros tiempos de acuerdo a mi estado de ánimo, cambiante dependiendo de los signos de simpatía o antipatía hacia el mundo exterior.

Recorrí todas las habitaciones del piso bajo, miré el jardín ajeno al tiempo, al cambio, atendiendo a sus suspiros provocados por el azote de la lluvia y el viento tormentoso, un rayo desequilibró el cielo entre luz y sombra, la noche se hizo vívida, tangible, y la fragancia del agua que me hizo estremecer en el pasado confundida con la visión de un abrazo cubrió la superficie de los objetos.

El sonido de gemidos en el piso superior me devolvió al mundo de los “vivos”. Irónico, yo que antes había agarrado cualquier acción de vida, cualquier desafío a vivir más y más intensamente, ahora había dejado de temblar ante las palabras y los hechos, y aquellos sonidos tan familiares no me produjeron escalofrío alguno, ninguna sensación, sólo percibí el ruido. Entré en la que había sido mi habitación y me senté en el pequeño sillón de mimbre que se quejó como en las noches calurosas de verano, mientras que aquel cuerpo que no era el mío se estremecía bajo el peso inapreciable del placer. Observé sus cuerpos, sin lamentaciones, sus movimientos rítmicos, acompasados, llenos de deseo, de placer o, ¿tal vez agonía? ¿Cuántas veces dejé vagar mi mente lejos de la realidad? ¿Cuántas veces salí al jardín en una noche como aquella mientras ella dormía? La oí  resoplar al darse la vuelta y escudriñé su rostro irreconocible, ya no era mío. Deslicé la vista hasta la otra mujer, ¿quién era? Esa pregunta importaba poco. Fuera quien fuera podría simplemente ahogarla, privarla de su felicidad pasajera, como había sido la mía antes, y darle una visión amplia y diferente de la realidad, de esa forma descubriría la mezquindad de la mujer que reposaba satisfecha a su lado, podría incluso mostrarle la suya, la del mundo entero, más aún, la mía.

Toqué su vientre para que despertara en un escalofrío y aprecié que su sudor era frío. Reconocí la angustia reflejada en su rostro sin que ella llegara a comprender por qué y salió corriendo al jardín como yo lo había hecho en otras noches. En ese momento supe que mi ansiedad era el recuerdo de otros seres que retomaban sin sentimentalismo lo que poseyeron un día. Contemplé durante largo tiempo aquel cuerpo perfecto, ahora relajado, con respiración acompasada, pero consciente de la crispación reflejada en el rostro de quien ha perdido la batalla consigo misma. Descansé a su lado por última vez, sabiendo que ella no sentiría ese agónico impulso de escapar porque yo no había pertenecido a nadie jamás, ni siquiera a ella y, aún así, lo hice. La noche murió en un suspiro, la vida perdió consistencia, yo salí de su sueño definitivamente.

María Jesús Ferenández